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Archivo > 2008 > Julio > Lunes 21 > noticia n° 368.917





Fuente: © FIFA (Español)
http://www.fifa.com/es/index.html

FIFA: Mboma: "El oro olímpico, un orgullo único"

/noticias.info/ Patrick Mboma, ganador del Torneo Olímpico de Fútbol de 2000 con Camerún y elegido mejor futbolista africano ese mismo año, es un analista juicioso de la competición que comienza el 7 de agosto en China. La antigua figura de los Leones Indomables, ahora representante de jugadores, aguarda también con impaciencia la Copa Mundial de la FIFA 2010, organizada por primera vez en su historia en el continente africano. FIFA.com recabó las impresiones del camerunés, autor de 11 tantos en la Copa Africana de Naciones.

Patrick, los Juegos Olímpicos están a la vuelta de la esquina. ¿Qué representa este torneo en la escala del prestigio en comparación con las competiciones de clubes, la Copa Mundial de la FIFA y los campeonatos continentales de naciones?
Para un futbolista, un Mundial no tiene equivalente; no deja de ser el acontecimiento número uno. No hay que engañarse: los Juegos nunca alcanzarán el aura que desprende un Mundial, ni siquiera sin la norma de los menores de 23 años. Nosotros ganamos habiendo sufrido renuncias de jugadores; no hay que olvidarlo. Para las selecciones europeas y sudamericanas, aunque es algo que sucede cada cuatro años, sigue siendo un problema en lo referente a los futbolistas de más de 23 años. Lo estamos viendo otra vez este año.

¿Ganar los Juegos con una selección africana hace todavía más especial el título olímpico?
Sí, sin lugar a dudas. Yo siempre había querido jugar con la selección de Camerún, pero ni en mis sueños más descabellados pensaba en otra cosa que no fuera la CAN. En febrero de 2000, incluso, distaba mucho de tener la cabeza en Sydney y en esa inmensa felicidad. Nos llevamos la primera medalla olímpica para nuestro país y, además, era de oro. En el podio, canté el himno a voz en grito y sentí un orgullo todavía mayor que en mi primera victoria en la CAN, unos meses antes en esa misma temporada. No cambiaría mis dos Copas Africanas por el oro olímpico por nada del mundo.

¿Qué tal se dio el regreso al país, con aquella medalla colgada al cuello?
No fue tan triunfal como en las CAN de 2000 y 2002. No se podía prever la fecha de regreso y teníamos programado un amistoso contra Francia sólo cuatro días después de la final. De todas formas, unos meses más tarde nos rindieron homenaje y nos felicitaron, y fue algo grandioso.

La próxima Copa Mundial de la FIFA es en África; algo histórico para el continente. ¿Lamenta no poder vivirlo sobre el césped?
Lo lamento de veras. Por desgracia, en estos momentos el acontecimiento no se paladea tanto debido a los problemas organizativos, por lo que uno no se mete tan de lleno en el torneo como debería. Sin embargo, yo estoy convencido de que todo estará listo y entonces caeremos en la cuenta de que el Mundial está ahí, en el continente. Es todo un símbolo notar que está en tu casa o en la de tus vecinos.

Hablemos un poco de la calidad del fútbol africano. ¿Cómo lo ve hoy en día?
El mejor termómetro es la importancia de los jugadores del continente en Europa. En 2000, mi galardón de mejor jugador africano no tuvo la repercusión que tiene ahora. Ahora mismo resulta impensable que el jugador premiado no sea también un serio candidato al Balón de Oro; y, por eso, entiendo un puesto entre los diez primeros. En 2000, ni siquiera me dieron un solo punto. Antes, se contaban con los dedos de la mano los africanos que ganaban eventualmente la Copa de la UEFA. Ahora, ya nadie se asombra cuando ganan la Liga de Campeones.

En el fútbol de selecciones, sin embargo, la progresión es menos evidente. ¿Para cuándo una victoria africana en la Copa Mundial de la FIFA?
Yo diría que se da un fenómeno de generaciones. En 1998 se pensaba en Nigeria; en 2002, en nosotros; en 2006, se apuntaba hacia Costa de Marfil... pero a la postre, en el continente, es Egipto el que está dominando. Sin embargo, los Faraones no figuran actualmente entre las cinco o seis mejores selecciones del mundo. No hay ningún país que haya sabido auparse a la elite de forma duradera. Con tener una estrella como Eto'o, Essien o Drogba no basta; hay que tener un once entero. En cualquier caso, la evolución llegará con una mejor organización. Hay que conseguir llevar a cabo un seguimiento adecuado; sin eso, tendremos pocas oportunidades de aprovechar nuestra oportunidad cuando ésta se presente. En 2002, el Mundial nos llegó demasiado pronto, y tengo miedo de que la edición de 2010 llegue demasiado tarde para Costa de Marfil. Pero bueno, cuando uno ve que Grecia conquistó la Eurocopa, me digo a mí mismo que una victoria africana en el Mundial no tendría nada de milagroso.

Al ver hoy el impacto de los jugadores africanos en el fútbol europeo, ¿no le da por pensar que su Balón de Oro africano de 2000 le llegó un poco pronto?
De pequeño veía a Abedi Pelé por televisión, ¡y me decía que si llegaba a ser la octava parte del jugador que era me daría por contento! Después de Sidney ya ni siquiera pensaba en ello, así que no puedo tener nada que lamentar. Si lamentara algo, sería que llegase cinco años demasiado pronto, en efecto. De lo contrario, habría sido mucho más rico (risas). Sobre todo, habría tenido más oportunidades de fichar por los grandes clubes europeos, aunque por entonces mantenía contactos con el Inter de Milán. Pero ese galardón no impulsó un cambio importante en mi carrera, eso es cierto. Hoy, el que lo gana se convierte en una estrella mundial.

Hablando de su carrera, tuvo una eclosión bastante tardía. Al analizarlo con perspectiva, ¿con qué ojos ve ahora su trayectoria?
Con 19 años jugaba en el Stade de l'Est [un club de la periferia parisina], y cuando jugué mi primer partido en tercera división con el París Saint-Germain, me dije "al menos podré contárselo a mis hijos". Hoy pueden ver fotos mías en Internet. La verdad es que no pensaba llegar hasta ahí. La primera vez que hablaron en serio de mí tenía 26 años, lo que equivale a decir que estaba lejos de los Messi o Agüero, estrellas muy jóvenes. Pero yo no me arriesgaría a volver hacia atrás. En 1996, cuando el Lens me falló, personalmente me partí en dos y, profesionalmente, en cuatro. Logré salir airoso de una buena... Entonces tampoco había los mismos sistemas de detección; yo no habría pasado desapercibido con todos los ojeadores que hay hoy.

¿Dónde se marca la diferencia entre el que consigue labrarse un nombre y el que, a veces también bueno, permanece en el anonimato?
Es una cuestión de éxito: un ojo juicioso que se fija en ti, un gol bienvenido, un entrenador que confía en ti. A lo mejor sin eso, Ribéry y Savidan seguirían siendo hoy jugadores de tercera división. Es algo que se decide por pequeños detalles. Interviene una gran parte de talento y de trabajo, pero hace falta tener suerte en un momento dado. Hay que tomárselo siempre con seriedad, pues nunca sabes cuándo te pueden descubrir, y en un simple destello pueden fijarse en ti. En mi época no había tantos torneos para jóvenes, mientras que ahora los clubes se interesan por los futbolistas a partir de los 13 años. Tengo la presunción de pensar que, entre los 10 y los 15 años, estaba mejor dotado que los demás, y las cosas habrían sido distintas si lo hubiese estado en la actualidad.

Finalmente, fue en Japón donde logró ser reconocido en el fútbol de clubes. ¿Por qué tomó esa decisión, que a la postre fue la buena?
La liga japonesa fue mi mejor trampolín después de dos cesiones seguidas por parte del París Saint-Germain, que me trataba como un joven salido de la cantera aun cuando tenía ya 25 años. Lo de Japón fue una locura, pero calculada estratégicamente. Mi puesto de titular en la selección nacional no se ponía en peligro con ese traspaso. Me internaba en terreno desconocido, pero el ejemplo de Leonardo, a quien conocí en el París SG cuando volvía de allí, me daba tranquilidad, así que probé suerte. Un año después, marqué 25 goles en 28 partidos; el París Saint-Germain quiso volver a comprarme entre medias, y seis meses más tarde regresaba a Europa.

Hay que destacar también que allí marcó un gol mítico que dio la vuelta al mundo. Eso ayuda...
Fue ese tipo de gesto que puedes trabajar en los entrenamientos, pero que nunca intentas en un partido. Fue el instinto el que me hizo rematar y, nada más contactar con el balón, sabía que le había pegado justo donde quería. En ese momento, durante 60 segundos estás en una nube, ya que acabas de rozar la perfección. Pero 10 segundos después, uno se dice a pesar de todo que vaya suerte ha tenido (risas).

Puede resultar sorprendente que no jugase de forma duradera en la liga inglesa. ¿Fue una elección suya?
No, fue un error. Cuando estaba en Japón, todo el mundo me dijo que tenía un juego apropiado para ir a la Premier League. Yo soñaba con Italia y con España. Para mí, en aquel entonces, la liga italiana era el no va más. En la liga inglesa, los jugadores africanos se cotizaban peor que hoy. Viéndolo ahora, con el tiempo, cambiaría de buena gana mis cuatro años en Italia por dos años en Inglaterra.

Actualmente, al mirar hacia atrás, ¿qué momentos le ponen especialmente la carne de gallina?
La Copa de Francia y la Copa de la Liga con el París Saint-Germain son recuerdos extraordinarios. Y lo mismo ocurre con la Copa de la Liga que gané con el Metz. Sin embargo, no hay nada comparable a una victoria con la selección nacional. El país está parado durante una semana, todo el mundo se olvida de sus problemas y hay 15 millones de personas radiantes de alegría, sin divisiones políticas ni étnicas.

¿Y qué futbolistas con los que ha jugado le han llegado más dentro?
George Weah, Dominique Bijotat, por su profesionalidad, y Gianluigi Buffon. notas_de_prensa_archivo

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