Mientras Bruselas cierra el grifo, Orbán intensifica sus alianzas con China, Estados Unidos y Rusia para sortear la crisis
Hungría se enfrenta a un duro revés económico: 1.040 millones de euros en fondos de cohesión europeos se han desvanecido de forma definitiva. Al concluir 2024, el plazo para subsanar las irregularidades detectadas por la Comisión Europea expiró sin que el ejecutivo húngaro hubiera implementado las reformas necesarias.
Esta pérdida representa apenas la primera cuota de un total de 6.300 millones que Bruselas mantiene retenidos a través del mecanismo de condicionalidad, una herramienta creada específicamente para salvaguardar los intereses financieros del bloque comunitario. Si el Gobierno de Viktor Orbán continúa sin rectificar, los siguientes tramos correrán la misma suerte.
Un historial de tensiones con Bruselas
La Comisión Europea bloqueó en diciembre de 2022 cerca de 22.000 millones de euros destinados a Hungría, citando una preocupante deriva antidemocrática. Aunque hace un año Budapest consiguió descongelar 10.200 millones tras aprobar medidas para reforzar la independencia judicial, otros 11.700 millones permanecen paralizados.
Los motivos del bloqueo abarcan múltiples frentes: restricciones a la libertad académica, normativa sobre protección de la infancia que Bruselas considera discriminatoria hacia el colectivo LGTBI, y limitaciones al derecho de asilo. A esto se suma una multa de 200 millones de euros impuesta por el Tribunal de Justicia de la UE por incumplir la normativa migratoria, más un millón de euros diarios mientras persista el desacato.
La apuesta por Oriente: China como tabla de salvación
Ante el enfriamiento de las relaciones con Bruselas, el Gobierno húngaro ha intensificado su estrategia de apertura hacia el Este, iniciada en 2012. En mayo de 2024, el presidente chino Xi Jinping realizó una histórica visita a Budapest —la primera de un mandatario chino en dos décadas— que culminó con la firma de 18 acuerdos bilaterales.
El capital chino invertido en Hungría asciende actualmente a 13.000 millones de euros. Según datos del propio Orbán, tres cuartas partes de las inversiones extranjeras en el país durante el último año provinieron del gigante asiático. Entre los proyectos más destacados figuran la construcción de fábricas de vehículos eléctricos —como la primera planta europea de BYD—, instalaciones de baterías de iones de litio, y la línea ferroviaria Budapest-Belgrado, financiada con préstamos chinos.
El primer ministro húngaro también anunció planes para ampliar la cooperación nuclear con Pekín, con el objetivo de que entre el 60% y el 70% de la energía del país proceda de fuentes nucleares a principios de la próxima década. Hungría aspira a convertirse en el principal punto de entrada de China a los mercados comunitarios, una posición que algunos analistas califican como la de «ariete» de Pekín dentro de la UE.
El salvavidas de Washington: exención de sanciones y acuerdos energéticos
La otra gran baza de Orbán ha sido su estrecha relación personal con Donald Trump. En noviembre de 2025, el primer ministro húngaro visitó la Casa Blanca con una delegación de 180 personas y regresó con un botín considerable: una exención de un año para seguir comprando petróleo y gas ruso sin enfrentar las sanciones estadounidenses impuestas a Rosneft y Lukoil.
A cambio, Budapest se comprometió a adquirir gas natural licuado estadounidense por valor de 600 millones de dólares en los próximos cinco años, firmó un contrato de 100 millones con Westinghouse para combustible nuclear, y acordó comprar material de defensa por 700 millones de dólares. Trump calificó a Orbán como un «gran líder» y elogió públicamente su política migratoria, pidiendo a la Unión Europea que «aprenda» de su firmeza.
Esta exención resulta crucial para Hungría, que importa el 86% de su petróleo y el 74% de su gas desde Rusia. Sin ella, el país habría enfrentado sanciones secundarias que podrían haber resultado en su exclusión del sistema financiero estadounidense.
Miles de millones adicionales en riesgo
La situación financiera de Hungría frente a Europa es aún más compleja. El país tiene pendiente de acceder a 10.400 millones del Plan de Recuperación pospandemia, pero para ello debe satisfacer cuatro requisitos sobre independencia judicial y otros 23 objetivos vinculados al cumplimiento democrático.
El déficit público alcanzó el 5,4% del PIB en 2024, con proyecciones del 4,6% para 2025. La deuda pública ronda el 75% del PIB, y Hungría debe destinar el 5% de su producto interior bruto al servicio de la deuda, la tasa más alta de toda la Unión Europea. Los inversores exigen rentabilidades del 7% por los bonos húngaros a diez años, reflejando la percepción de riesgo asociada al país.
Un equilibrio diplomático cada vez más precario
La estrategia de Orbán de buscar aliados fuera del bloque comunitario ha generado fricciones con Bruselas, pero también presenta sus propios riesgos. Algunos analistas señalan que los acuerdos con China favorecen desproporcionadamente a Pekín y que ciertos proyectos de infraestructura, como la línea ferroviaria Budapest-Belgrado, tardarían más de un siglo en amortizarse.
Por su parte, la exención estadounidense es temporal y no resuelve el problema de fondo. La Unión Europea mantiene su objetivo de desconectarse completamente del gas ruso a partir de 2028, y Washington ha dejado claro que Hungría deberá diversificar sus fuentes de energía a medio plazo.
Con elecciones parlamentarias previstas para abril de 2026, Orbán enfrenta por primera vez en años encuestas que lo sitúan por debajo de la oposición. El pulso entre Budapest y Bruselas no muestra signos de distensión, y cada día que pasa sin reformas representa millones adicionales que podrían esfumarse definitivamente de las arcas húngaras.

